Ganar la batalla por CRISPR y la guerra contra las patentes

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A estas alturas es probable que no quede nadie que no sepa en qué consiste el sistema CRISPR-Cas9. Para aquellos que todavía no lo saben es, básicamente, un sistema de corta-pega en biología molecular, extraordinariamente eficaz y sencillo de utilizar que ha simplificado de forma impensable la generación de lineas celulares, animales de laboratorio y, ojo, genomas, modificados genéticamente. Es un sistema que aprovecha una particularidad de las defensas de las bacterias para modificar dianas genéticas muy específicas y que se conoce desde hace un par de décadas aunque su utilidad en la modificación de genomas y sus implicaciones terapéuticas y de investigación aplicada no fueron descritas hasta hace bien poco.

En cualquier caso, su descripción como técnica aplicable a la ingeniería genética y a la terapéutica, fué, desde el principio, entendida como una auténtica revolución. Tan es así que el número de artículos publicados, kits comerciales disponbles, ensayos terapéuticos planeados y proyectos de investigación que incluyen esta tecnología se ha disparado exponencialmente.

CRISPR

 

Como técnica potencialmente muy lucrativa, los abogados de propiedad intelectual no se dejaron esperar. Hasta esta semana todo el mundo tenía bien claro quienes eran l@s principales responsables de la generalización de la técnica y de su popularización, las Dras Charpentier y Doudna que, de hecho, recibieron justamente este año el Premio Princesa de Asturias por su contribución. Pero no es sólo ésta fundación filantrópica quien reconoce este hecho. Eran tambien los editoriales de las revistas de referencia en Biotecnología. Sin embargo, últimamente aparecen otros actores en la ecuación, reclamando, no un lugar en la historia, sino los derechos de explotación. Y ahí es dónde se ve el pastel. No es una cuestión de reconocimiento, es una cuestión de dinero. Aunque la batalla lleva un tiempo en marcha, en esta semana se ha manifestado con toda su crudeza lo que está en juego. Para bien y para mal. Hay varias revisiones sobre el tema en cuestión para quien quiera profundizar, pero iremos directamente al grano con un tema con el que en este blog ya estamos familiarizados: las patentes como sistema y con ellas los incetivos perversos que generan y las batallas que alimentan no sólo no son beneficiosas para la innovación sino que son un freno a ésta. Hemos hablado varias veces sobre el tema, pero el caso de CRISPR, en tiempo real, es un caso paradigmático. No es el único, los intentos de patentar el genoma humano o el diagnóstico molecular en enfermedades con gran impacto social, son otros, pero en esta batalla se ve todo el problema en poco tiempo.

La polémica de los últimos días comienza con un artículo tendencioso en la revista Cell, pero lo que el artículo en cuestión revela, cuando se lee entre líneas, es una batalla tremenda por el control de la técnica más lucrativa descubierta en décadas y las luchas de poder por capitalizarla, explotarla en exclusiva y controlarla. Es decir, el artículo únicamente es un arma más en la batalla por el control de las rentas derivadas de la tecnología en cuestión. Y quedémonos con lo de las rentas.

El artículo, en apariencia inocente fue contestado, inmediatamente, por las autoras en la plataforma Pubmed Commons (algo de lo que deberíamos hablar algún día, que nadie usa y que, en este caso, demuestra una de sus múltiples utilidades). Otros investigadores prestigiosos, como Michael Eisen (gran investigador y activista por la ciencia abierta), han entrado al trapo y esto se ha seguido de un eco masivo en la mayoría de blogs y revistas especializadas. Pero el artículo que desata toda la polémica es también el talón de Aquiles de lo que con él se pretende (decantar la balanza en la batalla de CRISPR). El talón de Aquiles es uno del que ya hemos hablado otras veces: la privatización del esfuerzo común. Queda claro leyendo el artículo que para llegar a la situación a la que hemos llegados en estos días de enfrentamiento abierto y en público, hizo falta que, mucho antes, otros investigadores, instituciones, agencias financiadoras y empresas, realizaran un trabajo básico imprescindible para que hoy alguien, sea quien sea, pueda llegar a patentar la técnica de CRISPR. Eso incluye a los japonenes que vieron por primera vez las secuencias CRISPR, al investigador español que desde la humilde Universidad de Alicante describió con detalle las secuencias en diversas especies y propuso posibles implicaciones y usos, a quienes descubrieron el verdadero papel de la técnica y a los que hoy se tiran de los pelos. Es decir, la patente que hoy está en disputa se construye en un cuerpo de conocimiento sin el cual sería imposible la patente. Y mediante la privatización del uso aplicado de la técnica, no sólo se privatiza la técnica, sino todo el conocimiento anterior, financiado, en exclusiva, por entidades públicas. La implicación de los 12 héroes de CRISPR no la digo yo, lo dice alguien que es parte interesada en la batalla. Pero él menciona 12 y seguramente hay varias decenas o centenas de personas que han contribuido a que esta técnica sea lo que es.

Pero no sólo eso. Resulta que esta polémica también nos enseña el otro lado perverso de las patentes, la paralización de la investigación que implique a la tecnología patentada. Al parecer las compañías farmacéuticas que comenzaban a proponerse terapias utilizando la técnica, las compañías de productos de laboratorio que la comercializaban, los laboratorios que pretendían utilizarla como técnica de referencia en la manipulación genética, las compañías que las pretendían usar para modificar genéticamente cultivos…Todos ellos paralizan o ralentizan estas investigaciones ante la posibilidad que, de repente, les exijan royalties de cuantía imprecisa por ello. Es decir, ¿favorecen las patentes la innovación? No, al contrario, toda la innovación que ya se estaba produciendo (volver al gráfico de publicaciones con CRISPR como ejemplo) gracias a la libre disponibilidad de la técnica, se verá, si no detenida completamente, ralentizada y entorpecida por el hecho de que alguien pretenda controlarla en exclusiva.

Las patentes no van sobre innovación, van sobre rentas. Y la mayor parte de las veces implican a una serie de instituciones o empresas que, además de prestigiosas por lo que hacen, tienen la capacidad y la infraestructura de meterse en batallas legales que cuestan mucho esfuerzo y mucho dinero. Lo hemos dicho muchas veces, las patentes, como herramienta de generación de escasez, no premian la innovación sino la posición hegemónica en un determinado mercado en el control de dicha escasez. Esto es válido para las farmacéuticas y para las tecnológicas. A la Universidad de Alicante, aunque hubiera llegado a una aplicación concreta de CRISPR, no se le habria ocurrido jamás patentar la técnica que su humilde investigador tenía en ciernes. Alguien podrá argumentar que, en realidad, desde un punto de vista económico, esto premia al innovador y le incentiva a seguir investigando. Yo veo (y creo que queda meridiano en esta disputa) que el investigador ya no investigará más. Vivirá de las rentas (expresión muy española) y usará todo su tiempo y esfuerzo en el litigio por ganar el control de la patente. Nada de innovar. ¿Quiere decir eso que el investigador prmanecerá pobre toda la vida? No lo creo. Que una tecnología como ésta no esté patentada no implica que no se pueda ganar dinero con ella como, de hecho, ya sucede de forma generalizada en todos los que venden productos CRISPR y cómo, probablemente, los investigadores responsables devenidos conferenciantes, consultores y socios de empresas con litigos de patentes, estarán comprobando en sus bolsillos. Lo que no le permitirá es generar unas rentas masivas totalmente desproporcionadas a su aportación a la sociedad y que únicamente son posibles cuando privatizas un esfuerzo que no es personal, sino comunitario. Cuando pones la guinda a un pastel que lleva décadas cociéndose.

Pero precisamente porque esto está sucediendo a la vista de todos, porque es obvio que la innovación ya se estaba produciendo, porque ya hay miles de investigadores usando la técnica cuyas perspectivas y propósitos pueden verse alterados y porque los propios interesados han cometido algún error, esta batalla puede ser la de hacer calar, de cara a la opinión pública y, específicamente en el mundo científico, el mensaje de que las patentes no sólo no deberían ser un objetivo científico, sino que son un elemento a eliminar. Como todas las rentas, sean oligopolios energéticos, farmacéuticas o biotecnológicas, la generación artificial de escasez sólo hace que incrementar costes (las rentas cuestan dinero), desincentivar la innovación en algo que no posees y no poseerás en los siguientes 20 años y condenar a aquellos pequeños con buenas ideas al respecto a la resignación.

Por tanto, patentar CRISPR es inmoral porque privatiza un esfuerzo comunitario y utiliza un recurso comunal generado por gente diversa para beneficio de muy poquita gente, es inmoral porque ralentiza la innovación que de la tecnología pueda derivarse (incluidas sus implicaciones en el tratamiento de enfermedades raras) y es inmoral porque las rentas económicas que podrían generar empleos, aparición de nuevas empresas, de nuevos tratamientos, de nuevas aplicaciones, de nuevas oportunidades de investigación, se las va a quedar una sola compañia o institución gracias a un sistema absolutamente perverso.

Pero como he dicho antes. El talón de Aquiles de la disputa ya ha sido expuesto. Sólo queda que cómo científicos o interesados en la ciencia y sus implicaciones tengamos, en la batalla de CRISPR, la forma de ganar de cara a la opinión pública y, a la postre, de los legisladores, la guerra de las patentes de una vez por todas.

querolus

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